Siempre me han contado que en la vida hay ganadores y perdedores, algo que, actualmente, está tan polarizado que hay mucho de lo segundo y un pequeño y privilegiado grupo de lo primero.
Aunque los perdedores muchas veces se sueñan ganando, enseguida se desvanece cuando van de camino al trabajo, a las ocho de la mañana en un vagón del metro. O cuando les toca pagar facturas y rendir cuentas.
Por eso mismo, entre esa amalgama, hay un abanico de premios, repartidos muchas veces por el azar, otras por el mérito y otras tantas, por herencia familiar. Hay quien no ha ganado nunca, y de la noche a la mañana se hace con el oro. Los hay que se cansan de tanto trofeo y también hay un eterno segundón, los inmigrantes.
Necesitamos ver a los migrantes como héroes para poder darles dignidad.
Este sector de población representa a un diecinueve por ciento de la población total en España, y en pleno 2025 se encuentra en el punto de mira del odio más rancio y los debates de bar.
Los migrantes han sido casi siempre, ciudadanos que llevan el segundo premio. Bien sabe más de un español añejo lo que fue migrar, y todo lo que supone dejar tus raíces para labrarse el futuro en otro país. Supone tanto, que en el país que te acoge, parece que tienes que demostrar que vales más, que trabajas más, que haces más, que aportas más. Porque sino, siempre te considerarán como menos.
Los eternos esfuerzos de los migrantes para ser reconocidos
No es baladí, cuando necesitamos ver a los migrantes como héroes para poder darles dignidad. Como aquella vez en que el Gobierno español concedió por la vía rápida la nacionalidad española al luchador georgiano Illia Topuria, al bueno de Topuria solamente le hizo falta proclamarse campeón de peso pluma en la UFC.
O aquella otra vez en la que se concedió el permiso de residencia a Ibrahima y Magette, los dos senegaleses que fueron los únicos en socorrer a otra víctima del odio, Samuel Luiz. Casi martirizados, pero con los papeles en regla. Y si seguimos hablando de tragedias, podemos ver como a 25 mil migrantes residentes en la provincia de Valencia, solo les ha hecho falta vivir una dana mortal, para poder regularizar su situación.
Lo que quiero decir, es que hay ganadores, pero mientras a algunos les dan el primer premio, con todos los privilegios y derechos básicos que esto otorga, solamente por nacer en un lugar, otros tantos se tienen que conformar siempre con un segundo premio. Y para poder reclamar un poco de dignidad tienen que hacer cosas extraordinarias o martirizarse. Pero como bien se suele decir, los últimos serán los primeros.
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